martes, 10 de mayo de 2016

Capítulo 1. El aliento de la gárgola es horrible

Capítulo 1. El aliento de la gárgola es horrible

Velocidad. Sentir el aire remover mi pelo con fuerza, escuchar pasar las cosas por mi lado como un eco sordo. Pedaleo mas fuerte. Más velocidad. Llego a lo alto de una cuesta empinada, me encojo un poco, pego la cabeza al manillar y me quedo quieto, dejándome caer lo más rápido posible, adelantando al coche de mi derecha, que me pita cuando giro un poco y me pongo delante de él. Sonrío. Veo llegar a toda velocidad La plaza del Eco y aprieto suavemente los frenos. Me agarro fuerte, me acerco al borde de la acera y doy un pequeño salto para subir.
––¡Ten cuidado!––grita una señora con un carrito cuando paso por su lado, pero no me permito distraerme.
Freno un poco más. Todo vuelve a ser llano. Giro rápidamente a la derecha, bajo de la acera y de otro salto subo a la contraria.
––¡¿Estás loco?!––chilla el camarero de la terraza por la que acabo de cruzar, y me concedo el bienestar de soltar una risa de euforia.
Vuelvo a pedalear con fuerza cuando noto que el terreno empieza a elevarse, y subo sin problemas la colina que da a parar al parque. Antes de que entre en mi campo de visión, ya llega a mis oídos los grito de los niños, que juegan felices por todo el césped. Giro hacia la derecha de nuevo, bajo de la acera y continuo por la carretera, bordeando el parque. Paso la zona del lago, las canchas de futbol…
––¡Max!––suena a mi izquierda la voz de Gabriel, con un tono eufórico.
Freno con fuerza y hago un derrape, vuelvo a poner los pies sobre los pedales y los muevo, más lentamente, para que la bici me lleve despacio hacia la puerta del campo de béisbol en la que me espera mi amigo. Le dedico una sonrisa y me paro a su lado, él me revuelve el pelo. El corazón me va a mil por hora aún, tanto por el esfuerzo físico como por la adrenalina que me hace sentir la velocidad: casi lo único que me hace sentir que todo es real.
––Hola, Gab, ¿que tal?––le pregunto, bajándome de la bici y descolgándome de los hombros la mochila de deporte. Apenas me siento cansado, y eso que he recorrido casi doce kilómetros desde mi casa.
––Bien, joder, tío. Pensábamos que no llegabas.––contesta, abriendo la puerta para que yo pueda pasar. Vuelvo a reír y le lanzo una mirada irónica.
––¿Cuando he faltado yo?
Dejo la mochila detrás del banquillo de nuestro equipo, me quito la chaqueta y la coloco al lado. Me quito la camiseta de los Toronto Raptors, abro la mochila y me pongo la camiseta verde esmeralda de nuestro equipo, con un “Godzilla Team” rezando en la parte delantera, y un “9 T-Rex-Max” en la parte de detrás. Me quito rápidamente y sin vergüenza los pantalones cortos de baloncesto y me pongo los de béisbol. Saco la gorra con forma de cabeza de T-rex y me la pongo.
––¿Listo?––Pregunta Angel, nuestro entrenador, dándose la vuelta, y asiento.––Perfecto, Max. Ya vamos 23 a 17, pero ahora le toca a sus mejores bateadores, asique pilla la bola.––me dice, abrazándome los hombros con su brazo izquierdo mientras señala con la cabeza a un chico negro, alto, musculoso y con el pelo rapado, del equipo contrario, que se coloca en la zona de bateo.
Asiento con la cabeza y le sonrío, en señal de que no hay ningún problema en cumplir con el objetivo. Cojo el guante de catcher de la bolsa y me lo coloco en mi mano derecha. Corro hacia el final del campo, chocando los cinco con todos lo compañeros que me encuentro en el camino. Me giro, abro un poco las piernas y flexiono las rodillas, poniéndome en posición.
––¡Preparados!––grito con fuerza––¡Vamos a hacerles morder el polvo!––y mis compañeros corean.
Todavía no hemos perdido un solo partido en la temporada, “pero siempre puede ser la primera vez”, suena una voz en mi cabeza, y sonrío, “si, pero esta no lo será”; contesto, y golpeo con la mano izquierda el interior del guante. Fijo mi mirada en Adam, nuestro pitcher, después en la bola que descansa en el interior de su puño derecho, y después en el bateador contrincante. Me centro en el bate, cierro la boca y trago saliva. Adam lanza con efecto, el contrincante golpea acertando en la bola, que sale lanzada hacia mi posición, pero bastante mas alta, y de pronto vuelve. Esa sensación de que nada es real, de que yo puedo decidir lo que sucede, de que todo va mil veces más lento que mis sentidos. Me giro a toda velocidad, sin apartar la mirada de la bola y corro hacia la pared de hormigón que delimita el campo. Veo su trayectoria, se el punto exacto al que tengo que llegar, tres metros más arriba, así que cojo impulso, doy un salto contra la pared y la uso de apoyo para impulsarme con la pierna derecha hacia me objetivo y me giro en el aire hacia la pelota, atrapándola con el guante sin problemas. Caigo como un gato, con las piernas y las manos por delante y doy una voltereta. Me levanto y alzo el guante, sonriendo.
––¡Que bestia!––se escucha por encima de todos los gritos de júbilo de mis compañeros la voz de Gabriel desde el banquillo, y se me escapa la risa.
El resto del partido fue sencillo. Un home run mio y otro de Vaker, mas el resto de puntos de los demás nos dejó con un 48 – 17 en el marcador. Otra victoria indiscutible de Godzilla Team, otro partidazo del crack T-Rex-Max, que atrapó una bola de forma casi imposible. O al menos eso redactará Gabriel en su articulo para publicarlo dentro de unas horas en el periódico del instituto: el no juega, no lo ha hecho nunca, salvo al fútbol. Quiere ser periodista deportivo, y es bueno, muy bueno para tener solo trece años. Ama cualquier deporte, por eso somos amigos. Yo, básicamente, soy el chico sobre el que él escribe noticias. Lleva haciéndome entrevistas desde los primeros años de colegio. Poco a poco hemos acabado siendo mejores amigos.
Al sonar el pitido del arbitro me acerco de nuevo al banquillo, me quito la gorra un segundo para quitarme el sudor del pelo, y vuelvo a colocármela. Cojo la chaqueta fina de tela azul que llevaba antes y vuelvo a ponérmela.
––¿Como lo has hecho?––me pregunta mi amigo cuando me acerco a él, con la mochila deportiva de nuevo a la espalda. Salimos del recinto y cogemos cada uno nuestra bici, y comenzamos a pedalear hacia la plaza: es hora del helado de la victoria, aunque estemos en pleno Noviembre.
––No lo se. O sea, solo he visto que la bola iba muy alta, y que si rebotaba en la pared era imposible, asique tenía que saltar mas alto.––Me encojo de hombros y suelto las manos del manillar, las paso por detrás de mi nuca y suspiro.––A veces creo que solo es suerte.
––¿Suerte?––se ríe, como si fuese lo más gracioso del mundo––Suerte sería unos cuantos partidos, pero juegas así desde los seis años. Béisbol, baloncesto, kárate, surf. Da igual. Eres un crack en todos. No se ni como te da tiempo, juegas en el equipo de baloncesto en tu barrio y media hora después vienes a béisbol. Y todas las mañanas estas dos horas en el agua con la tabla, y encima ganas los combates de kárate. Ningún humano puede con tanto.
––A lo mejor es que no soy humano––le suelto, divertido, y nos quedamos mirándonos mientras bajamos a toda velocidad de la colina.
El se ríe, pero pocos segundos. De pronto un pitido nos sorprende, miramos hacia adelante y giramos bruscamente a la derecha, al ver que nos hemos metido por el despiste en el carril contrario, para esquivar a un coche.
––¡Joder!––grita, y da un salto para subirse a la acera. Yo le sigo.––¿Cuando pondrán un maldito carril bici?
––Cuando las ranas críen pelo––le contesto, mientras frenamos al llegar a la plaza.
Atamos las bicis a una farola y vamos a la heladería de la esquina sur, como cada sábado que hay partido. Es un local pequeño, sin apenas publicidad en su fachada. Solo hay un pequeño toldo en el que pone un “todos los helados que puedas soñar”, y es cierto, tienen más sabores de los que te puedas imaginar. Están los típicos, fresa, nata, chocolate, pero también tienes de mezclas extravagantes como tarta de queso con kinder bueno, batido de oreo con patatas fritas, melón con jamón, huesitos, kit kat y nubes…
Por dentro la tienda es bastante distinta. Todas las paredes están pintadas de azul cielo, con nubes blancas por todos lados. La vitrina donde están los helados ocupa casi todo el interior, con un montón de pegatinas de marcas de dulces, y figuritas de niños tomando helados por encima. El hombre que atiende el local es de mediana edad, pero tiene ya el pelo totalmente cubierto de canas, largo, recogido en un moño bajo la redecilla. Tiene la cara llena de arrugas de sonreír, y una peca enorme justo en la punta de la nariz. Lleva un delantal de color verde hierba, manchado de helado por todas partes, impidiendo ver las estrellas doradas que están estratégicamente cosidas para ocultar los agujeros que han ido apareciendo en la tela con el paso del tiempo.
––¡Ey, pero mira por donde, si son T-Rex-Max y Gab! ¿Que pasa, chicos? El finde pasado no vinisteis por aquí.
––Es que nos cancelaron el partido por la lluvia––contesta Gabriel con una sonrisa, mientras yo me quedo embobado mirando los nombres de todos los sabores.
Ojala pudiese tener suficiente dinero para pedirlos todos. Ojalá. Pero aunque mis padres son ricos, no son de esos que te dan todo el dinero que pidas, y lo entiendo. Yo consigo mi dinero ayudando a mi tío a repetir las pizzas de su pizzería, los viernes, sábados y domingos por la noche. No me paga mucho, pero tampoco tengo muchos gastos.
––Yo quiero uno de huesitos, kit kat y nubes––digo con la mirada fija en el bol que lo contiene––cucurucho grande.
El hombre abre la vitrina por el otro lado, coge la cuchara heladera, un cucurucho grande y empieza a clavar el utensilio de metal en el helado, arrancando una bola tras otra y metiendolas en el cucurucho, hasta que rebosa amenazando peligrosamente con salirse. Saco de mi bolsillo el billete de un dólar y hacemos el intercambio: es la otra parte buena de aquel sitio, te da un helado enorme por solo un dólar. En Haggen Daz cuesta el triple, y el helado es la mitad.
Salgo rápidamente mientras Gabriel sigue indeciso, y cuando voy a clavarle la cuchara de plástico al helado una voz irrumpe en mi cabeza. Es dulce y suave, pero tiene un tono fuerte, autoritario. Giro velozmente la cabeza en todas direcciones, hasta que encuentro el lugar del que procede, y allí esta ella, en el otro lado de la plaza, sentada en la fuente con sus amigas. Lleva el pelo negro, suelto, a la altura de los hombros, moviéndose con los leves soplos de viento. Lleva una chaqueta gruesa gris abierta, y una camiseta morada debajo, llegándole por las rodillas, sobre unos pantalones negros con rotos en la zona de los tobillos. Kelly. La chica por la que llevo loco siete años. Esa otra cosa, además de la velocidad, que me hace sentir que todo es real es ella.
––Se te cae la baba, ¿sabes? Y me parece que no es por el helado––dice Gabriel detrás de mi. Al final se ha decidido por uno de tarta de queso con kinder bueno, y un añadido de menta y chocolate.––Hablale.––me insiste, pero yo no le contesto, sigo absorto. Noto como por mi mano izquierda, que sujeta el cucurucho, empiezan a caer pegajosas gotas de helado.––¿Max?
––¿Que?
––Pareces muerto.
––Y tu imbécil.
––Ya, vale. Pero te vas a quedar sin helado, y sin hablarle. Como siempre.
Trago saliva, consciente de que tiene razón, y hago uso de todas mis fuerzas para apartar la mirada, pero no es fácil, porque justo en ese momento se ríe. Su sonrisa es preciosa, es como una de esas imágenes de los querubines en las pinturas de las capillas. Es dulce, inocente. Simplemente precioso. Y el sonido angelical que suelta… me pierde. No puedo con ello. Y suelto un suspiro, no solo porque sea preciosa, si no porque me siento inútil cuando ella está cerca. En las clases de Kárate, cuando me toca combatir con ella, siempre hago el patético y pierdo estrepitosamente, y haciendo surf, cuando ella está cerca, me caigo una y otra vez: no tengo remedio. Siempre es igual. ¿Ella esta cerca? Meto la pata. Soy un inútil, aunque no con las chicas. Es solo con ella.
Agacho la cabeza, en un último esfuerzo de sacarla de mi campo de visión, y me quedo mirando al helado, que esta cada vez mas derretido. Meto la cuchara de plástico hasta el fondo, saco un buen trozo y me lo llevo a la boca. Nada mas tocar mi paladar me estremezco por el frío, pero después sonrío: me encanta. Mientras sigo comiéndome el helado me fijo en un ferrari que hay aparcado en la acera de enfrente. Se parece bastante al coche de mi padre, pero no tiene el rayo amarillo de AC/DC en el lateral derecho. Suspiro. Apenas veo a mis padres. No son malos padres ni nada, es solo que están muy ocupados durante el curso, pero en cuanto cogen las vacaciones nos pasamos las veinticuatro horas juntos, y es genial. Y por eso suspiro, porque lo echo de menos.

––¿Hoy vas a ayudar a tu tío?––me pregunta al cabo de un rato, cuando ya nos hemos acabado los helados. Vamos andando por la calle, tirando de las bicis, jugando al fútbol con una piedra.
––No, hoy cierra.––Alzo la mirada al cielo y de pronto una inquietud comienza a cubrirme por dentro. Esta empezando a anochecer. Trago saliva. Odio la noche.––¿Vamos a jugar al fútbol al campo?––le pregunto, impaciente, subiéndome a la bici.
Baja la vista al reloj de su muñeca derecha y empieza a hacer sonidos con la garganta, dándome a entender que le da pereza, que quiere irse a la cama ya. Suelto una carcajada sin pensarlo. Todos los días igual.
––No se...––contesta al fin, y le doy un pequeño empujón. Le quito la mochila y empiezo a pedalear a toda velocidad.––¡Max, no tiene gracia!––chilla, pero su risa al instante le delata. Se sube a la bici y comienza a perseguirme.
Bajamos la cuesta de la ferretería más rápido de lo que seguramente esta permitido al ser una calle peatonal, giramos a la izquierda y todo se convierte en una subida. Seguimos pedaleando tan rápido como podemos, yo intentando escapar, el intentando darme caza. Giro estratégicamente a la derecha, luego de nuevo a la izquierda y sigo recto un par de manzanas más. En cuanto llegamos a la puerta del campo de fútbol freno, y aprovecho la fuerza del derrape para saltar contra la verja que nos impide el paso. Subo a toda velocidad, salto al otro lado, y echo a correr cuando él empieza a subir.
––¡Vuelve aquí, cerebro de dinosaurio!––grita, y me río.
Por desgracia, Gabriel es una de las pocas personas que puede igualarme en velocidad, además de que llevo a la espalda dos mochilas y él ninguna, y cada segundo le saco menos ventaja. Freno en seco e intento cambiar de dirección, pero él se anticipa a mi movimiento y me corta el paso. Intento girar, pero se abalanza sobre mi y me tira al suelo. Al instante estamos rodando por el césped, mientras él intenta hacerme cosquillas y yo procuro darle empujones para quitármelo de encima.
––¡No, agh, socorro, un periodista enfurecido intenta comerme!––chillo con todas mis fuerzas, y ambos nos echamos a reír. Al final desiste, y se tumba a mi lado. Estamos ambos boca arriba, mirando al cielo. Están los focos apagados y se ve todo plagado de estrellas. No se escucha nada más allá de nuestras respiraciones cansadas y entrecortadas, y el susurro del viento entre los árboles.
––¿Crees que seremos amigos siempre?––pregunta de pronto, y le miro. Me incorporo, apoyándome sobre los codos, y miro mas allá de la verja. Me siento extrañamente observado, y de pronto vuelve esa sensación. Nada es real, todo el tiempo se para y se congela. Giro la cabeza y veo que Gabriel se ha quedado totalmente parado. Vuelvo a mirar a la verja y el corazón me da un vuelco. Una especie de gárgola con cara de lagarto esta mirándome desde el otro lado, y se relame una y otra vez con su lengua bífida. Noto como todos mis músculos se agarrotan, poniéndose en tensión. Cierro los ojos, intentando relajarme, pero cuando los abro ya no hay nada allí. Noto la mano de Gab tocarme el brazo y doy un brinco, y él se asusta también.––¿Max? ¿Estas bien? Te has quedado como ido.
––¿Que?––miro a la verja y a él de forma intermitente––no es nada.––sonrío de forma burlona––solo quería ver si te asustabas.
Él frunce el ceño, pero al final acaba de creyéndoselo y me da un leve golpe con el puño en el hombro. Me pongo en pie y le ayudo a levantarse. Saco de su mochila el balón de fútbol y le dedico una mirada desafiante. Él asiente con la cabeza, pongo el balón en el suelo y comenzamos a jugar.

Tardamos dos horas mas en parar, y no porque estemos cansados. Cuando estoy a punto de tirar a puerta suena desde las gradas, en las que hemos dejado las mochilas, Good to you, de Marianas trench: es el sonido indiscutible de que me están llamando al móvil. Doy una torpe patada al balón, que va a estrellarse contra el palo. Refunfuño un poco y corro hacia mi mochila, saco el Samsung Galaxy Mini que me regalaron en mi cumpleaños del año pasado y sonrío: es mi padre.
––¿Si?––contesto mientras me seco con la camiseta el sudor de la frente.
––¿Sigues vivo?––pregunta su voz desde el otro lado del teléfono.––Mamá y yo tenemos la noche libre. ¿Que te parece si cenamos comida china, vemos algo en la tele y nos vamos a la cama lo más tarde posible?
Suelto una pequeña carcajada, y eso ya le da la respuesta. Me dice que vaya a casa en cuanto antes, que van pidiendo, y me promete que sera una noche fantástica. Cuelgo y vuelvo a meter el móvil en la mochila. Me giro y le hago señas a Gab para que se acerque.
––Plan familiar, tengo que irme.––le digo, a la vez que chocamos las palmas y luego los puños y hacemos el gesto de la paz.
Nos ponemos las mochilas al hombro y volvemos a saltar por la verja, cogemos las bicis, volvemos a despedirnos y nos vamos en direcciones contrarias. Por suerte ese campo está a solo cuatro manzanas de mi casa. Recuerdo la voz inquieta de mi padre tras el teléfono y vuelvo a sonreír como un idiota: a mis padres les encanta pasar tiempo conmigo, es de lo que más ilusión les hace, y a mi también. La impaciencia me llena y pedaleo cada vez más rápido, sin prestar atención a mi alrededor. Por ello no me doy cuenta de el rugido a mi derecha, y ya es tarde cuando siento el golpe contra la bici. Salgo volando, choco contra una fachada y caigo al suelo de costado, a escasos centímetros por encima de mi cabeza se estrella la bici, y me encojo, cubriéndome con los brazos, pero por suerte no me golpea al caer. Abro los ojos. Me cuesta respirar, siento que mi corazón se me va a salir del pecho. Me incorporo lentamente, y no me doy cuenta de que mi cabeza y mi hombro están sangrando. ¿Ha sido un coche, una moto? Alzo la vista y me quedo de piedra. Es esa gárgola con cara de lagarto. Me mira con hambre, está cada vez más cerca, y me entra el pánico.
––¿Que? ¡No!––chillo, cuando de pronto me coge del brazo y tira hacia él––¡Dejame! ¡No, por favor! ¡¡Nooo!!––continuo, y empiezo a golpearle con el brazo que tengo libre, pero es inútil. Me levanta y me dedica una sonrisa con sus dientes: le huele el aliento a peces podridos y heces de perro, y me entran nauseas. Intento darle patadas, pero apenas tengo fuerza––¡Suéltame, cerebro de reptil estúpido!
Pero eso solo le cabrea más. Abre la boca para darme un bocado, y de pronto hay un destello y mi cuerpo cae con fuerza de nuevo. Me golpeo la cabeza contra el asfalto y todo se vuelve borroso unos segundos, y de pronto siento como algo cae ante mis pies, y un liquido viscoso empieza a cubrirlo todo. Abro los ojos y miro. La gárgola-lagarto esta casi muerta. Tiene la garganta segada, pero todavía suelta sonidos, intentando respirar. Me giro rápidamente y vomito el helado, el bocata de la merienda, los huevos con salchichas comida y hasta las tostadas del desayuno. Me limpio con un pañuelo que llevo en el bolsillo y me pongo en pie, aun confuso. Miro a la gárgola, y luego al frente, y se me vuelve a parar el corazón. Siete bichos más vienen hacia mí. De pronto alguien me empuja hacia la bici.
––Vete––me suelta una voz, y le miro. Es un chico, de no más de dieciocho años, con un peto de cuero negro y una espada ensangrentada en la mano.
––¿Que…?
––Largo.––Y me mira a los ojos. Los tiene rojos. No rojos como el fuego, rojos como rubíes. De hecho parecen rubíes. No hay pupila, ni espacio blanco, solo rojo.
Algo se enciende en mi interior, cojo la bici y echo a pedalear lejos de allí hacia mi casa, sin mirar atrás, sin pensármelo dos veces. Pero, aunque no piense en volver, si pienso en cosas. Mi cerebro se ha activado, y va a mil por hora. Intenta encontrarle sentido a las cosas. ¿Ha sido una alucinación? No es la primera vez que veo cosas extrañas, todas las noches pasa algo, pero si que es la primera vez que una de esas cosas me golpea, me coge e intenta devorarme. Trago saliva. Freno al llegar a la puerta del garaje, saco las llaves, la abro y entro a toda velocidad dentro. Vuelvo a cerrar y subo corriendo a la primera planta.
––¿Max?––se oye la voz de mi madre, que al instante sale de la cocina para interceptarme. Se queda quieta, confusa, y enciende la luz del pasillo.––¡Max! ¿Que ha pasado?––me pregunta, poniéndose completamente nerviosa.
Va al baño y vuelve rápidamente con vendas, aguja, hilo, gasas, yodo y agua oxigenada. En un segundo me lleva al salón, donde esta tirado en el sofá papá, que pega un brinco al verme lleno de sangre. Coge las herramientas que le tiende mi madre. Me limpia la herida, me la desinfecta y me cose. Después baja la mirada a mi hombro, y a mis piernas. Me ayudan a quitarme la camiseta. Hay un corte muy feo desde el hombro hasta el codo, y tengo todo el brazo y el antebrazo llenos de sangre. Hace el mismo procedimiento que con la herida de la cabeza, pero esta vez tengo que morderme la lengua para no gritar de dolor. Después me venda.
––¿Te has dado fuerte en la cabeza?––me pregunta, y saca de un cajón su linterna pequeña para examinar pacientes, y me apunta a los ojos––sigue la luz.––Y lo hago. No parece preocupado, y mi corazón empieza a latir más despacio. La adrenalina se esfuma, y siento todo mi cuerpo entumecido.––¿Que ha pasado?
––Yo… había… es que...––y me echo a llorar, porque no se que decir, ni entiendo nada.
Mis padres se abalanzan sobre mi y me abrazan con todas sus fuerzas. Mi madre me acaricia el pelo y me da un beso en la nuca.
––No pasa nada, no pasa nada. Ya está todo bien, estás en casa––me susurra al oído, y las ganas de llorar se esfuman.
Me inunda el pánico antes de poder sentir calma. No puedo contarles lo de las alucinaciones, me mandarán a un psiquiátrico o algo de eso, y me hincharán a pastillas, y a la mierda mi vida. Además, ni siquiera consigo entender que ha sucedido, y los recuerdos son cada vez mas borrosos, ¿que iba a contarles? ¿Que una gárgola-lagarto había intentado comerme y un chico con rubíes en los ojos me había salvado? Era surrealista.
––Me despisté, y me caí por un terraplen––digo al fin, con la voz entrecortada.––Es que estaba todo muy oscuro, fui con Gab al campo del norte, y al irme no había luces y… y… jo. Soy un desastre––Hasta yo empiezo a creérmelo. Una lágrima vuelve a caer por mi mejilla derecha y papá vuelve a abrazarme.
––No pasa nada, estás bien. Es lo que importa.––Me dice él, y me acaricia la frente, con cuidado de no tocar la herida. Todavía me lanza miradas preocupadas.
Les prometo no volver a ir por la noche a zonas sin luz, y mientras voy a cambiarme llega el repartidor del restaurante chino. Me doy un ducha, con cuidado de que no caiga agua caliente sobre las heridas. Me pongo el pijama de Iron Man y vuelvo al salón. Me siento en el sofá, en el extremo derecho, al lado de mi madre, y mi padre pone mientras los cubiertos. Abrimos los tupper con la comida y los repartimos: para mi siempre el pollo al curry picante, el cerdo agridulce y los tallarines con ternera. Seguramente esta vez también nos sobre comida para el día siguiente. Encendemos la tele y ponemos, grabada en el disco duro externo, la película de Corazones de acero: una de las favoritas de mi padre. Terminamos de comer a la mitad, y me acurruco con una manta, mientras mi padre abraza a mi madre y ella se apoya en su pecho. Forman una imagen preciosa. Ambos tienen el pelo rubio, pero no tan intenso como el mío. Mi padre tiene los ojos azules, con un brillo siempre sonriente, mientras que mi madre los tiene verdes. Ambos tienen cuarenta y cuatro años, pero no aparentan más de treinta. Mi padre va vestido con sus pantalones, de cuadros azules, de un pijama viejo, y una camiseta gris de Batman. Mi madre lleva puesta una bata lila encima de su pijama de tela blanco. Sonrío. Me acurruco dentro de la manta y miro a la pantalla, pero se me empiezan a cerrar los ojos.

Esta todo en silencio, y despacio me despierta mi padre, acariciándome el pelo aun mojado. La tele y la luz están apagadas, y mi madre ha desaparecido del salón. Ya esta todo recogido y limpio. Me estiro, bostezo y me quito las legañas de los ojos. No se cuando me he dormido, después de comer, creo, pero me siento más descansado.
––Vamos dormilón, hora de irse a la cama, que te vas a quedar frío.––me da un abrazo, y un beso en la mejilla, en señal de despedida, y dobla la manta que tenía yo puesta.
Me levanto despacio, dando aun tumbos por estar medio dormido. Salgo al pasillo, giro a la izquierda y subo las escaleras de caracol a la segunda planta. Sigo recto y entro en el baño. Recojo lo que he utilizado para ducharme, echo la ropa y las toallas a lavar y friego un poco el suelo, que aún está empapado. Cuando termino salgo, giro a la izquierda y entro en mi cuarto, cierro con cuidado la puerta y enciendo el ordenador. Pongo el móvil sobre la mesilla de noche, no sin antes revisar si tengo mensajes: 137. Perfecto. Luego los leo. Me siento en la silla y tecleo “esquizofrenia” en Google, y abro un par de páginas. Al cabo de una hora nada de aquello me convence. Las cosas que describen no es lo que me pasa a mi. No describen esa sensación de irrealidad, y las alucinaciones no son personas ni cosas reales, y no me hablan. Tampoco escucho voces en mi cabeza… “¿Estás seguro?” suena de pronto, pero sacudo rápidamente la cabeza. “Que te den.”
Me estiro, aun en la silla, y vuelvo a bostezar. Conecto los cascos, abro spotify y le doy al play a Marianas Trench: me obsesionan muchísimo. Son demasiado geniales. Empieza a sonar Here's to the zeros, cojo el cuaderno de cuero negro que hay encima de la mesilla de noche, saco un boli, abro el cuaderno por la página que voy y comienzo a escribir: cuento mi alucinación, con todos los detalles. Cuando termino, y bajo el sonido de Toy soldiers, cojo el cuaderno verde y escribo sobre el partido de baloncesto, el de béisbol y la noche de fútbol con Gab. Tras eso, saco una llave de mi bolsillo, saco del armario una pequeña caja fuerte, la abro y meto dentro ambos cuadernos., entre un montón de billetes de uno y cinco dolares. No quiero que nadie lea, lo que escribo es peligroso.
Me acerco a la ventana, cierro la persiana, y me tiro directamente a la cama. Me meto dentro, me acurruco un poco, y cojo el móvil de la mesilla. Los mensajes han ascendido a 212. Abro la aplicación: siete chats. El último es de Gab, que me pregunta si he llegado bien a casa, y le contesto que si. El siguiente chat es el del grupo de clase, donde están comentando el encuentro de kárate de mañana. Una de las personas que esta hablando es Kelly. Salgo del chat, pongo los pulgares sobre el teclado de la pantalla y escribo su nombre en la búsqueda. Abro su chat, vacío, y escribo un “hola, ¿tomamos algo antes del encuentro?” acerco el dedo al enter, pero se me acelera el corazón. Lo borro y lo cierro. Tres de los otros cuatro chats son los grupos de béisbol, surf y baloncesto. Los abro y los cierro, sin contestar. El último chat es de Helen, y sonrío. Es una de las chicas de la clase de al lado, y una de mis mejores amigas. La había conocido semanas atrás. Nos habíamos chocado en el pasillo, y se le habían caído todos los libros. Le había ayudado a recogerlos, y nos habíamos quedado un rato charlando. Ahora hablamos a diario.

Hola, Max!
Hola :)
¿Que taal?
Bien, ¿que haces mañana?
No lo se. Tengo competición de Karate a las 14:00
¿Quieres ir a tomar algo y
al río antes?

Trago saliva y miro al techo. Es la primera vez que me dice de vernos fuera del instituto, pero es normal, ¿no? Nos llevamos genial, es lógico que quedemos. “Muy lógico.” suena esa voz en mi cabeza. Suspiro. ¿Entonces porqué me siento de pronto nervioso? ¿Por que me sudan las manos? ¿Por que me siento como si de ello dependiese mi vida? Me giro en la cama y me tumbo de lado, mirando hacia la pared. El poster de los componentes de The beatles me devuelve la mirada. “All you need is love” suena en mi cabeza, y lo escucho con el ritmo de la canción. Me incorporo, sacudo la cabeza, suelto el móvil y me tiro del pelo mientras abro la boca, soltando un grito sordo.
––Eres idiota, Max, idiota––me susurro, intentando que desaparezca aquella extraña sensación en la boca del estómago.
Me vuelvo a tumbar, cojo el móvil y releo la conversación. Ni siquiera ha enviado el “bien” y el “¿que haces mañana?” en dos mensajes distintos. Lo ha hecho seguido, no ha sido un “bien, ¿y tu?” no, que va. Ha ido directa al grano. “¿Me ha hablado solo para eso?” me pregunto en silencio. “Pues claro, idiota, esta claro.” me contesta de nuevo esa otra voz desde mi interior. Pongo los dedos en posición y trago saliva. Es tu amiga. Es tu amiga Max, nada de vergüenza, nada de miedo. Toma la iniciativa

¡Claro! ¿A las diez en la Plaza Lincon?
¡Perfecto! Tengo ganas de
verte.
¿Que tal el día?
Cansado. He tenido partido de balo ncesto
y luego he recorrido como doce kilometros
para ir al partido de Béisbol, al otro lado del río.
¡Dios! ¿y no has muerto?
¿Por que no estas en el
equipo de aquí en vez de
en el Godzilla Team?
Porque es donde están los de mi clase, no se.
Tampoco está tan lejos, pero como prefiero ir en
bici..
Claro.
Bueno, voy a dormir,
¡mañana a la diez, no
lo olvides!
Jamás podría.
Me quedo quieto de nuevo. “¿Jamás podría?” ¿por qué demonios acabo de escribir eso? Suena a que me gusta, a que estoy loco por ella, y no es así, ¿no? A mi me gusta Kelly, o sea, ella me paraliza, eso es amor, ¿no? Y de pronto el móvil vibra con su contestación, interrumpiendome. Apago la pantalla. Me da miedo mirarlo, a lo mejor acaba de enviarme a la mierda, o a decirme que estoy confuso, que sus intenciones no van por ahí o… no se. No puedo evitarlo y enciendo la pantalla de nuevo
¡Pero que mono!
Hasta mañana <3
La sensación extraña en el estomago aumenta al leer eso. Un corazón, ha puesto un corazón. Una euforia extraña recorre mi cuerpo, y sonrío como un idiota. Me vuelvo a tumbar de lado, acaricio con los dedos el poster de The Beatles y suelto una pequeña risa.
––All you need is love… ya. No.––me quedo serio––es solo amistad.––trato de convencerme.
Lo repito un millón de veces en mi cabeza, hasta tenerlo claro. Y me quedo dormido.

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