viernes, 25 de julio de 2014

The game of the music.


Hola amigos patatunos. Llevo mucho sin escribir y os pido disculpas. Bueno, voy a empezar a publicar a mi blog una novela sencillita que estoy escribiendo, y con "sencillita" me refiero a que es una historia de una sola trama principal, con la que estoy practicando conversaciones, relaciones entre personajes y descripciones. Espero que os guste, os dejo el prólogo :D




Prólogo





Boulevard of Broken Dreams resonaba por todo el pasillo de la cuarta planta, tocada por un único instrumento: una guitarra acústica. Segundos después una voz tímida, al principio en un susurro, después aumentando su volumen, comenzaba a cantar los primeros versos de la canción de Green Day. Sonaba distinto, sonaba más dulce, menos dramático, con menos sentimientos, pues la persona que la cantaba no se sentía en ese momento identificada con la canción, pero una semana antes si lo había hecho. Sus dedos acariciaban las cuerdas de la guitarra por el mástil, danzaban, rápidos, sin dudar: llevaba demasiado tiempo con aquella canción saliendo de sus manos y su guitarra que era imposible que se equivocase en alguna nota. La otra mano rasgaba sin mucha fuerza pero con firmeza las cuerdas por encima de la caja, con una púa amarilla. Sus ojos marrones estaban fijos en el suelo, pues se sabía tan de memoria la posición de sus manos que no necesitaba mirar. Sus labios se movían decididos dándole forma a los sonidos que su garganta dejaba escapar, clavando a la perfección la melodía que Billie Joe Armstrong cantaba en su disco favorito. Sonaba idéntica, pero a la vez distinta. La diferencia estaba en que Billie se metía en la letra en corazón y mente, y su corazón y su mente estaban ahora muy lejos, uno encontrado y con dueña, el otro perdido en un mundo de sueños sobe el futuro. Paró en seco y miró a la guitarra como si fuese culpa suya que no se sintiese a gusto tocando aquella canción que había sido un gran apoyo para ella. ¿Que le había pasado? Era la misma, pero sin embargo, no se sentía como siempre... no se sentía capaz de tocar y cantar con sentimiento las baladas que tocaba con su grupo: quería cantar sobre el amor, gritarle al Universo que su corazón ya no le pertenecía, y que sabía que debía ser correspondida... una semana. En una semana había cambiado todo. La había visto el lunes en el parque, y ya no podía parar de pensar en la comisura de sus labios que se giraban para mostrar esa sonrisa tan tierna, en sus ojos almendrados que se habían fijado en los suyos, en su pecho subir y bajar con su respiración, en su forma de andar... ¡hasta creyó escuchar el latido de su corazón acelerarse!, pero había sido el propio el que había oído. Nunca se había sentido así. Había tenido parejas, bastantes, pero nunca se había sentido con ellas como se sentía ahora por esa desconocida. “¿Que tipo de guitarra es?” Había preguntado la joven que le había robado el corazón tras acercarse rápidamente, refiriéndose a la funda que llevaba colgada a la espalda. Se había quedado tan sobrecogida por su voz que no pudo contestar. Era un Ángel, tenía que serlo, nunca jamás había visto un ser tan bonito y perfecto. La chica la había mirado con curiosidad, y entonces se había dado cuenta de lo gilipollas que debía parecer: un poco más y se le habría caído la baba. Le había contestado que era una Rochester A6, en madera blanca. “No esta mal, pero te pegaría más algo más country. ¿Tocas en alguna banda?”. Se interesaba por ella, le había llamado la atención. Su corazón en ese instante se le había desbocado...

Salió de sus pensamientos y se dio cuenta de que su corazón volvía a ir a mil por hora. La imagen de sus labios se había clavado con fuerza en lo mas hondo de su corazón, y parecían tan suaves que se moría por besarlos al menos una vez. El timbre sonó y se dio cuenta de que llevaba al menos media hora pensando en ella, y su tiempo en el estudio de prácticas del conservatorio había acabado. Se levantó y guardó su amada guitarra, su compañera, dentro de la funda. Se la echó al hombro y salió por la puerta, sin importarle demasiado que la había dejado abierta: Max, el conserje, iba a echarle la bronca, pero no le preocupaba. Quería llegar a tiempo a La Balada Triste, el bar en el que tocaba todos los fines de semana con sus amigos: esperaba que ella apareciese, pues le había dicho que iría. No sabía su nombre, no se habían presentado. La había acompañado a casa y no se había preocupado por como se llamaba, se sentía estúpida. Se habían pasado los quince minutos del trayecto hablando de música: Green Day, Linkin Park, Atreyu, Sum 41... no importaba. Decía un grupo y a aquella muchacha que la volvía loca lo conocía y le encantaba. Era extraño, era como si hubiesen conectado incluso antes de verse. Sentía que ya la conocía, pero a la vez sabía que no era así porque no habría podido olvidarla. Cuando alzó la mirada y la apartó del suelo se percató de que ya había llegado al garito, y entró despacio. Últimamente ni siquiera saludaba a conocidos por la calle porque no se fijaba en que estaban ahí. Las caras ya no las reconocía, ya no le interesaba la gente, buscaba entre la multitud, absorta en sus pensamientos, encontrarse de nuevo esa cara de rasgos finos y piel blanquecina, esa sonrisa celestial que la hacía sentir feliz, ese pelo negro rizado que le parecía tan bonito, pero nunca la encontraba. Vivía a cuarenta y cinco minutos de su casa, en una finca enorme con una vivienda de tres plantas, era normal que no se la encontrase. No solo estaba lejos, estaba en otro mundo. Sintió una punzada en el corazón al pensar en eso. ¿Y si no le permitían que estuviese con ella? Era una cantante de un garito de la parte pobre de la ciudad, ¿y si no podía alcanzar a su Ángel?



––¡Anda mira, la desaparecida!––gritó una voz desde el escenario en cuanto puso un pie en el local. Alzó la vista y se encontró con los ojos azules de Daniel clavados en ella. Su sonrisa picara indicaba que estaba preparando ya algo con lo que meterse con ella––¿Donde te has metido, S? Llevamos sin verte desde el domingo––continuó tras bajar del escenario, acercarse a ella y pasar el brazo por encima de sus hombros.––creíamos que te habías fugado con una estrella de cine que hubieses conocido en tu entrevista del jueves.



––Que gilipollas que eres, Dani––le contestó con una risa mientras le daba un empujón para apartarlo y poder subir cómodamente por las estrechas escaleras del escenario. No, no había conocido a ninguna estrella de cine en la entrevista que la televisión local le había hecho, fruto de su reciente y atronador éxito entre la clase media y baja, pero si que tenía una estrella que le había robado todo su ser––Es solo que he estado ocupada, ¿vale?



El chico rubio asintió con firmeza y soltó una carcajada. Sabía que su amigo le conocía lo suficiente para saber la verdad con solo esas palabras: estaba enamorada, y esta vez no era un capricho pasajero. Sacó la guitarra de la funda y la abrazó antes de colgársela al cuello: era lo único que le quedaba de su madre, que había muerto dos años atrás en un incendio en la fábrica en la que trabajaba. Era una guitarra vieja, con la parte de abajo astillada y los engranajes para afinar algo oxidados, pero no pensaba cambiarla ni arreglarla: era como su vida, con muchas vivencias, con muchos recuerdos dolorosos, pero con muchas sonrisas. Se aferró a ese sentimiento de angustia que le traía el acordarse de su madre, lo iba a necesitar si quería darle una buena actuación a su público, que cada vez iba en aumento, deseoso de que aquellos jóvenes mostrasen en forma de canción sus preocupaciones, su dolor, su frustración por su situación económica. La Balada Triste no era un local muy amplio, al menos no como los del barrio alto, pero era el más grande de la zona. Tenía un escenario a medio metro del suelo en frente de la puerta, y entre medias estaba todo lleno de mesas de madera tapadas con manteles de papel blanco con bordes rojos. A la derecha desde la puerta, la izquierda desde el escenario, estaba la barra, de caoba, siempre bien encerada, aunque se notaba en los agujeros que tenía que nunca la habían renovado. Detrás de la barra, por una puerta que se abría en ambas direcciones, estaba la pequeña cocina. El sitio tenía solo cuatro trabajadores: cocinero, barman, un camarero y una camarera. Antiguamente eso había bastado, pero desde que Souls in the middle, su grupo, tocaba allí, habían requerido de poner un anuncio para buscar un par de camareros más, aunque aun nadie había respondido. El dueño del local se estaba forrando, y les había hecho el fin de semana pasado un contrato permanente con el que el grupo, que antes tocaba de gratis, ganaría el veinticinco por ciento de las consumiciones de los clientes. Se levantó y busco un cable Jag para enchufar su guitarra a la mesa de mezclas, que a la vez iba conectada a los cuatro amplificadores y a los dos altavoces de los que estaban provistos el local y el grupo. Después de un par de pruebas de sonido, ajustar los micrófonos a su altura y a la de Dani y esperar a que el local se fuese llenando, empezaron a tocar. Fueron de más alegre a más deprimente, como hacían de costumbre, liderados por su voz, a la que Daniel acompañaba en los coros: encajaban a la perfección, y lo sabían desde que se habían conocido, cuando apenas tenían cinco años y jugaban a que eran estrellas del rock. Antes de comenzar, le había pedido un favor a Dani: si aparecía la persona por la que estaba esperando, quería romper la rutina y cantar una canción de amor, y el chico no había dudado en decirle que si. Con el resto del grupo se llevaban genial, pero ellos dos eran como hermanos inseparables: él la había apoyado cuando su madre murió, y ella le había apoyado y dado un hogar cuando su padre lo había echado de casa por ser gay. Eran un dúo perfecto en música y amistad. Iban por la mitad de Stairway to Hevean cuando se quedó casi sin habla al abrirse la puerta y reconocer a la figura que entraba. Iba vestida con unos shorts vaqueros grises, una camiseta negra de The Rolling Stones cortada de tal forma que se le veía el hombro derecho, unas deportivas blancas y un gorro gris que le tapaba casi todo el pelo. Sonrió mientras cantaba. Aquella figura delgada, un poco más bajita que ella, de facciones suaves y sonrisa tierna, más que ninguna, la pusieron nerviosa de tal forma que por primera vez en mucho tiempo tuvo que mirar sus manos para controlar que no se equivocaba. Tocaron las últimas notas, y el local se quedó un segundo en silencio, después acudieron los aplausos de la muchedumbre que, de pronto, había dejado de importarle. Solo podía mirarla a ella.



––¿La de la camiseta de los Stones?––preguntó Dani en un susurro a su oreja, y ella asintió sin dudarlo. El joven se giró hacia el resto de la banda y les hizo un gesto para que se acercasen––S quiere cantar para una chica, ¿vale tíos? Así que nos salimos del modelo. I Do, de A Rcoket To The Moon. Hay que clavarla, ¿eh? Nada de meter la pata. Hoy no, es importante.––Todos asintieron y Dani volvió a su sitió y entonces habló por el micrófono––Vais a tener que perdonarnos, amigos, pero nuestra cantante tiene algo que decirle a alguien que acaba de entrar, así que vamos a salirnos un pelín del tema y dejar que le cante una canción.



La gente rió y asintió con la cabeza, entusiasmados, la verdad, por escucharles tocar algo distinto, y tras ello, los instrumentos empezaron a hacer sonar aquella canción, y ella, absorta en los ojos de su Ángel, empezó a cantar aquella dulce canción que describía, o mejor dicho, sabía que describiría en cuanto volviese a hablar con ella, sus sentimientos. La chica por la que cantaba no apartó sus ojos de los de ella, con una sonrisa en los labios, sonrojándose por momentos, y cuando terminaron, se bajó del escenario para acercarse a ella.

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Un saludo, patatas.

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