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martes, 3 de marzo de 2015

El tiburón


Era un día negro, completamente negro, salvo por los relámpagos que volvían morado el cielo y los rayos que caían a la tierra y al mar. La olas, de mas de diez metros, chocaban con fuerza contra las rocas del fondo, y cubrían por completo la playa, de la que ya no se veía nada de la arena. El viento soplaba con fuerza, derribando los árboles mas flojos y llevándose las veletas que había en las casas. Era un día de miedo, un día que ya había sucedido, en cierto modo.
Max estaba sentado, como cada mañana, en el precipicio de rocas puntiagudas que se alzaba sobre la playa, mirando sin parpadear el va y ven de las olas. Estar allí sentado siempre le había tranquilizado, siempre le había hecho sentir, de algún modo, que formaba parte de la naturaleza y que la naturaleza formaba parte de él: en una ciudad tan grande y contaminada como la suya, aquello era un alivio. Pero aquella vez no. Aquella vez miraba al mar con miedo, como si este no fuese su viejo amigo, si no una fiera que buscase terminar con su vida. Max, desde pequeño, había estado enamorado del mar, y por eso se había hecho surfista. El poder estar en el agua, con su tabla, siguiendo las olas e intentando dominarlas le hacía sentirse único y vivo, le hacía sentir que la vida realmente valía la pena, pero ahora tenía pánico con solo acercarse a la arena. Su vida había sido maravillosa, hasta aquél fatídico día en el que se había topado con aquél ser.
Había sido en una mañana de primavera, una tormenta se acercaba a la ciudad, pero aun quedaban un par de horas de buen tiempo y oleaje moderado. Eran las nueve, y Max nadaba sobre su tabla, mar adentro, aunque no demasiado lejos, en busca de una buena ola que pudiese cabalgar. Estaba con Jhon y Ryan, sus dos mejores amigos. Los tres habían empezado a surfear a la vez, cuando apenas tenían cinco años: el padre de Ryan, surfista profesional, les había enseñado. Los tres iban nadando y riendo, hasta que se pararon para esperar a que viniese la ola perfecta, entonces había sucedido. Ryan había sido el primero en notar que algo no iba bien, y en asustarse:
“––Algo me ha tocado el pie––dijo atropelladamente, pataleando un poco e intentando mirar bajo el agua, en todas las direcciones. Su corazón iba por momentos más y más rápido, sin saber si de verdad había sucedido o había sido imaginación suya. Tenía la sensación de que lo habían marcado, y de que algo le observaba desde el fondo, esperando el momento perfecto para comérselo.
––¿Que?––dijo Jhon, que no había entendido del todo sus palabras, e intento vislumbrar también lo que buscaba su amigo, pero no vio nada: el agua estaba turbia, y lo máximo que alcanzaba a ver eran sus rodillas, pero también se sentía observado..
––Que algo me ha tocado, joder, aquí hay algo––empezó a subir las piernas a la tabla, encogiendo las rodillas y abrazándoselas, completamente asustado.––vámonos. Mi padre me lo dijo. Si hay tormenta cerca no te metas en el mar, que el oleaje saca fuera a las bestias.––Ryan y su padre eran muy supersticiosos con las cosas del mar, pues le guardaban respeto, y conocían de primera mano la cantidad de bestias que podían devorarte en un solo segundo, si no lo hacía el oleaje primero.
––Cállate, eso es una gilipollez––dijo Max, mirando hacía atrás al darse cuenta de que una ola de metro y medio venía hacía ellos. Max no era nada supersticioso, nunca había visto la verdadera furia del océano y de los animales que habitaban en él.––esa es buena, ¿por que no...?
Se paró cuando algo golpeó por debajo la tabla de Jhon, y el niño salió despedido medio metro, hasta que cayó al agua, y comenzó a gritar, al principio de miedo, luego de dolor, mientras poco a poco el agua se teñía de rojo. Algo lo estaba agarrando desde el fondo, con fuerza, zarandeándole, masticándole y mordiendo cada vez mas arriba de su cuerpo, desde las piernas, en busca de tragárselo por completo.
––¡Algo me ha mordido, dios! ¡Ayudadme! ¡Algo me ha mordido!––el chico intentaba mover las piernas con fuerza, pero solo lograba hacerse mas daño contra las mandíbulas que le tenían atrapado por la cintura. Intentó nadar, golpeando el agua con los brazos, pero su histeria era inútil: estaba condenado.––¡Ayudadme!––volvió a gritar, una y otra vez, cada vez con mas gallos, con mas desesperación, mientras la bestia le zarandeaba de un lado para otro.
Entonces sucedió, esa cosa le soltó, Jhon pudo moverse unos segundos, pero algo volvió a agarrarle y tiró de el para arriba, esta vez mordiéndole a la altura del pecho, y la bestia salió. Era un tiburón de al menos siete metros de largo, de piel completamente blanca, y unos ojos enormes a cada lado del morro, de color rojo sangre. Sus dientes, serrados y enormes, estaban manchados por la sangre de su amigo, al que ya le faltaban las piernas. Todo el agua a su al rededor estaba teñida de aquel color escarlata. Max pudo, al fin, soltar un grito de pánico, y Ryan, saliendo también del shock, se tumbó en la tabla, ladeo a la bestia y comenzó a nadar a toda velocidad en dirección a la orilla.
––¡Ryan, espera!––intentó gritar, pero solo le salió un débil susurro. Se aclaró la garganta y comenzó a nadar, cuando ya había dejado atrás a la bestia, que volvía a hundirse en el agua, terminando de devorar a su amigo, volvió a gritar, y esta vez lo consiguió.––¡Ryan, tenemos que ayudarle!
––¿Quieres morir? ¡Jhon ya esta muerto! ¡No tiene piernas, esta perdido, moriría antes de que llegáramos a la orilla!––su voz era débil y entrecortada, pues el chico estaba llorando. Se giró para mirar a su amigo, y su cara se volvió pálida, más aún––¡Nada, Max, joder, nada! ¡Lo tienes detrás!
Max giró un segundo la cabeza, y vio la enorme aleta blanca que le perseguía, a más velocidad de la que él podía ir, y supo con certeza que iba a morir. Movido por la adrenalina del momento, empezó a nadar sobre la tabla a mayor velocidad de la que había nadado nunca, con mayor fuerza, pero sabía que aun así estaba perdido. Nadaba desesperado, esperando, en el fondo, que pasasen los segundos y aquella bestia se abalanzase sobre él. Entonces empezó a llover, y alzó un segundo la mirada. No sabía cuanto tiempo había pasado desde que habían entrado en el agua, pero tenían la tormenta encima. El agua empezó a volverse más turbia, y empezó a zarandearle con violencia, con olas de más de cuatro metros, y entonces, en aquel momento mas oscuro, sucedió algo impensable. La aleta del tiburón paso por su lado, ignorándole, o eso habría pensado, de no ser porque la bestia saco el morro y le miro con aquella sonrisa, como burlándose de él. Le costó mucho entender que pasaba, por qué no le atacaba, y aun no lo entendía del todo, pero lo que si había sabido es que ese monstruo iba a arrebatarle al único amigo que le quedaba.
––¡Ryan, nada! ¡Va a por ti!––gritó con todas sus fuerzas, pero el rugir de la tormenta, el viento y el oleaje impidió que su amigo le escuchase, y no podía alcanzarle.
Nadó siguiendo al tiburón, cerca de su aleta, e intentó chapotear para que fuese a por él: prefería morir a ver como moría su siguiente ser más querido, pues para él, sus amigos estaban por delante que su familia. No logró nada. Estaban ya muy cerca de la orilla, cuando el monstruo blanco dio caza a Ryan, y en vez de comérselo poco a poco, sobre el agua, como hizo con Jhon, lo hundió en el agua de un bocado. Max había llegado a la orilla minutos después, con el corazón a mil por hora, y se había tirado en la arena, mirando hacia el mar, buscando que todo hubiese sido una pesadilla, que de pronto saliesen corriendo sus amigos, riendo, para preguntarle por que estaba tan alterado, pero eso no sucedió. Se había quedado allí tirado, bajo la lluvia, sin rastro del tiburón, mirando el oleaje, escuchando la tormenta, sabiendo que le habían perdonado la vida esta vez, pero que no había sido gratis, nada gratis.

Max no podía quitarse aquella escena de la cabeza. Había pasado hacía ya un mes, y seguía recordándolo como si lo estuviese viviendo en aquel momento. Nunca habían encontrado al tiburón, ni ningún trozo del cuerpo de sus amigos. No tenía nada. No había tumba, no tenía sitio adonde ir a llorar, mas que a aquel precipicio. Se sentía culpable, tendría que haber reaccionado cuando el monstruo tiró a Jhon al agua, tendría que haber ido tras él para devolverle a su tabla, tendría que haber golpeado al tiburón en el morro, como tantas veces le habían enseñado, o tendría que haber servido de cebo para que sus amigos pudiesen escapar, para que hubiesen tenido una oportunidad. Peor no había hecho nada. Había observado, quieto, como la bestia se comía a su amigo, y después había permitido que diese caza a Ryan. Era su culpa, todo era su culpa. Su padre le había dicho que no pasaba nada, que lo atraparían, que le darían caza al tiburón y vengarían a sus amigos, pero sabía que eso no iba a suceder, porque había mirado a los ojos al tiburón y este le había mirado. Había visto su sonrisa, y había sabido con certeza que este se estaba burlando de él, que le había quitado lo más preciado que tenía, para torturarle, y que cuando hubiese pasado el tiempo suficiente y volviese a meterse en el mar, volvería para comérselo a él. Pero no podía más, no podía vivir con esa idea, y mucho menos podía concederle al tiburón la oportunidad de terminar con aquello: no quería morir entre sus fauces, pero tampoco quería vivir sin volver a entrar en el océano, sin surfear. Se puso en pie y anduvo, lentamente, hacía su casa. Estaba completamente empapado. Llevaba puesta una camiseta de manga corta azul con la irónica frase de “Ocean Pacific”, y unos pantalones vaqueros cortos, que chorreaban agua. Su pelo rubio estaba pegado a la cabeza, sin la característica cresta con la que se le solía ver cuando estaba fuera del agua. Sus chanclas resonaban, empapadas, sobre los charcos de agua. Para cuando llegó a su casa ya no quedaba ni una sola gota de él que estuviese seca. Abrió la puerta lentamente, y cerró de un portazo, sabiendo que no molestaría a nadie, pues sus padres estaban trabajando. Subió al cuarto de su padre, abrió el segundo cajón y cogió la pistola que este guardaba y que estaba siempre cargada, pero con el seguro puesto, por si alguien entraba en casa mientras dormían. Fue a su cuarto y cogió la carta que había encima del escritorio y que había escrito hacía ya una semana, y entró en el baño. Se quitó la ropa, para no mancharla, cosa absurda, pues nadie iba a volver a usarla, y se sentó dentro de la bañera. Puso la carta fuera, en el suelo, apuntó con el arma a su frente, y sin pensárselo dos veces, pues llevaba una semana dándole vueltas, apretó el gatillo, deseando en el último segundo que el tiburón se lo hubiese comido a él, y no a sus amigos. Para cuando sus padres llegaron, la bañera ya estaba completamente llena de la sangre de aquel chico de catorce años, al que el mar se lo había quitado todo, y le había perdonado la vida, y su cuerpo estaba completamente frío y blanco. Para cuando llegaron, para cuando quisieron darse cuenta de lo que había sufrido su hijo, y del poco caso que le habían hecho, haciéndole simples promesas de que vengarían la muerte de sus dos almas gemelas, ya era tarde. Para cuando quisieron ayudarle, ya no había nadie a quien ayudar. El tiburón le había quitado la vida a él también, aunque de forma indirecta.

sábado, 28 de febrero de 2015

Una moneda lanzada al aire.


Una moneda lanzada al aire. Un golpe de suerte. Un cambio de sentido. A veces la vida carece de cordura. A veces, un simple segundo sirve para destrozar la vida de una persona, o para elevarla hasta la más absoluta felicidad. El sonido del freno de un coche, el derrape y un golpe seco. Solo eso, algo tan sencillo como eso, puede hacer que todo cambie. O el sonido de un llanto de dolor, o el de un bebé recién nacido. ¿Como puede la gente pensar que hay un dios benevolente y todopoderoso en un mundo tan caótico y carente de justicia? Si existe, sin duda es que nos ha olvidado, porqué, ¿como alguien bueno puede morir por el filo de un cuchillo en manos de alguien malo? Y, ¿como puede ese alguien malo salirse con la suya, o quedar redimido al año de haber cometido el crimen que destrozo más de una vida...?

El sonido de un reloj. El goteo de la lluvia al caer por un tejado, o al golpear contra una ventana. Un segundo... eres feliz... otro segundo, tu vida es un infierno. El paso del tiempo, ese giro de la moneda en el aire, es algo que nadie puede controlar. Es algo que nadie puede elegir, cambiar o entender. ¿Por que a ti si te sale todo bien, cuando eres cruel, y a mi no, cuando soy bueno? Esa pregunta, en la mente de cientos de personas. Y no hay nadie ahí fuera para responderlas, solo una palabra: el azar. El dichoso azar, vagando por el mundo de forma invisible, tocando con su tacto de gloria a unos si y a otros no. Porque nadie decide donde nace, o en que familia lo hace. Porque nadie decide su situación, su destino o su futuro. Podemos intentarlo, podemos esforzarnos en lograr lo que queremos, pero siempre habrá una pequeña parte que sea fruto de la incomprensible suerte. Querer no es poder. Querer es intentarlo. Querer es no rendirse, es luchar. Pero por mucho que luchemos nadie elige cual es su realidad, como mucho decide como afrontarla.

sábado, 2 de agosto de 2014

Capitulo 2.


Capítulo 2.

––¿Has traído la guitarra?––preguntó sentada en el césped, sin girarse a mírame: había oído los pasos y había supuesto que era yo. Sonreí. Estaba preciosa, como siempre, pues nada podía dejar de hacer que se viese como es. Tenía el pelo recogido en una coleta, y llevaba una chaqueta negra encima de una camiseta azul con rallas blancas. Sus pantalones vaqueros esta vez eran largos, fruto de que habían bajado las temperaturas. Aún así tenía unas piernas preciosas.

––Si. ¿Llevas mucho tiempo esperándome? Hace frío.––Le contesté mientras me quitaba la guitarra de la espalda y me sentaba a su lado, giró la cabeza para mirarme y sonrió a la vez que se encogía de hombros, quitándole importancia a todo. Cogió con cuidado la funda, la abrió y saco con cuidado la vieja Rochester. La miró con detenimiento y asintió, a la vez que me la daba. La cogí, pasé la correa por mi cabeza y me quedé quieta, poniendo la mano izquierda en posición de Sol, y sacando con la derecha la púa de mi bolsillo. Nos quedamos en completo silencio, observando el paisaje.

––Bueno, ¿vas a tocar o no?––me instó dándome un golpe en el hombro y mirándome a los ojos. Jamás nadie me había mirado como lo hacía ella, era hipnótico. Podría haberme pasado horas observándola sin cansarme.

––¿Que quieres que toque?––soltó una carcajada y negó con la cabeza. Acto seguido golpeo con su dedo índice mi corazón.––¿que?

––Que toques lo que quieras, lo que salga de tu corazón––se echó hacía atrás, tumbándose y estirando las piernas, con la cabeza sobre las manos. Tenía las mejillas un poco coloradas, y empezó a evitar mirarme, como si le diese vergüenza lo que acababa de decir. Era la perfección en persona, y tuve que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no acariciarle el pelo y besar esos labios que parecían tan dulces y suaves.

Me quedé en silencio, mirando a las nubes, preguntándome a mi misma que tocar. Si seguía sus instrucciones de tocar lo que sintiese, sería sin duda una canción de amor, pero me daba miedo. ¿Y si eso la asustaba y salía corriendo? Pero, por otra parte... estaba segura de que se había dado cuenta de como la miraba, si tocaba otra cosa seguramente me pillaría. Puse la mano en la posición de la primera nota de “Remembering sunday”, de All Time Low, pero ella levantó la mano, como adivinando la canción, y me paró.

––No. No cualquier cosa que sientas en tu vida. Lo que sientas ahora mismo––su voz sonó casi como una orden, y se quedó completamente seria, esperando mi reacción.

Tragué saliva, me aclaré la garganta y empecé a tocar y cantar “First Date” de Blink 182. La música fluía de mi garganta y de mi guitarra, como el agua de un río que se llena de agua después de una época de sequía. Me sentía rara cantando aquello, llevaba tantos años acostumbrada a tocar solo baladas, que tocar algo distinto era como despertarse después de una siesta que ha durado una eternidad, se sentía bien, pero sentías todos los músculos entumecidos, intentando recordar como se anda. Y es que realmente no sabía como recordaba aquella canción, llevaba desde los catorce años sin dejarla sonar a través de las cuerdas de mi Rochester, pero no fallé en ninguna nota, ni en el ritmo ni en el compás.

Cuando terminé, todo se quedó en silencio, y me mantuve quieta, esperando su respuesta. Esperaba un “¿O sea que eso es lo que sientes por mi?” o incluso un desalentador “Esto no es una cita, te has confundido.” Pero nunca habría imaginado la respuesta que me dio. Acarició con su mano derecha mi mejilla, me giró la cara y me dio un beso. Fue más dulce de lo que podría haber imaginado. Sus labios eran como pisar el cielo, sabían bien, eran reconfortantes... y me aceleraban el corazón hasta un punto insospechado. Se separó de mi, y sentí el impulso de volver a besarla: no quería separarme de ella. Pero me dio miedo que no estuviese permitido, que se asustase. Agachó la cabeza y miró al suelo, mientras se ponía completamente roja y se mordía el labio. Me reí sin poder evitarlo. Era la cosa más tierna y bonita que había visto nunca, y me sentía la persona más feliz del mundo.

––¿Te hago gracia?––me dijo, como reprochandomelo, pero sonrió enseguida, y hundió la cara en sus manos, se tiró al suelo y rodó un poco, hasta que se volvió a poner boca arriba. Rió, como si no pudiese creerse lo que acababa de hacer. Sus ojos chispeaban con una luz distinta, y la forma dulce e inexplicable con la que me miraba se intensificó, si es que acaso eso era posible.

––No es eso.––dije mientras me tumbaba a su lado y rodeaba su cintura con mi brazo derecho––es que eres lo más hermoso que he visto nunca, y me siento feliz, así que me río.––me sonrojé enseguida, y escondí la cara en la hierba. Ella rió más, sin apartar mi brazo de su cintura.

––Eres idiota.––soltó, y se puso seria al ver que la miraba de reojo, pero al instante volvió a sonreír, se acercó y me plantó un beso en la mejilla que me hizo ponerme aun más roja. 

––Y tu mala, que me pones nerviosa––Me giré hacia ella y fui a devolverle el beso, pero se giró y se lo di en los labios. Esta vez el beso duró más. Se notaba que ella tampoco quería separarse. Jamás nadie me había besado tan bien. Un millón de mariposas empezaron a revolotear por mi estómago, y no pude evitar sonreír mientras la besaba. Me habría encantado que el tiempo se parase justo ahí, o incluso que el mundo se acabase. No quería tener que volver a mi casa: no habría querido ni aunque se hubiese puesto a nevar. Pero, como todo, las cosas acaban. De pronto le sonó el teléfono, y se separó despacio, sonriendo. Se incorporó y se levantó, dejándome sola allí tumbada, y cogió la llamada.

––Tengo que irme––dijo en un susurro cuando volvió, mientras colgaba la llamada. Guardé la guitarra, me la eché a los hombros y me levanté. Se acercó a mi, me agarró por la cintura y me abrazó––lo siento. Mi padre quiere que vuelva ya––Le devolví el abrazo, y nos quedamos allí quietas, en silencio. El simple hecho de abrazarla ya me hacía querer gritar y saltar de felicidad... se estaba tan a gusto. Era completamente como si estuviésemos echas la una para la otra.

Se separó y me cogió de la mano, y fuimos andando hasta donde comenzaba la carretera, y donde se separaban nuestros caminos. Su mano era suave, y me apretaba con fuerza. Ese simple gesto me hacía volar por las nubes. Llegamos a la acera, y me puse a pensar. Su casa estaba hacia la derecha, mientras que la mía estaba hacia la izquierda. Sentí como el corazón me daba un vuelco al pensar en la idea de tener que separarme de ella. Me paré y tire de su brazo, ella cedió y volví a abrazarla, después me dio un pequeño beso, se puso de puntillas y susurró un “te quiero, aunque suene absurdo porque apenas te conozco” a mi oído. Acto seguido se giró y se fue. Me quede completamente quieta, observando como se marchaba, y aún estuve allí varios minutos después de perderla de vista. Cuando volví en mi, saqué el teléfono y le envié un mensaje por whatsapp con un “Yo también te quiero, y aunque suene igual de absurdo, siento como si te conociese de toda la vida”. Esperé unos segundos, y contestó un “es un sentimiento mutuo, espero verte mañana. Mismo sitio, misma hora”. Le contesté un “no faltaría por nada del mundo”, y me puse en marcha para volver a mi casa, inmersa en mis pensamientos, sin poder sacarme de la cabeza aquellos besos y aquellas sonrisas.

sábado, 26 de julio de 2014

The game of the music. Capitulo 1.


Capitulo 1.



––Así que te llaman Soul o S por el nombre de tu grupo––dijo ella rompiendo el silencio en el que llevaban sumergidas desde que habían salido de La Balada Triste, mientras caminaban por la calle, sin destino previo. Habían salido para poder hablar y para dar un paseo, tras pedirle a Dani que cantase él las pocas canciones que quedaban por tocar aquella noche.

––Si, pero en realidad me llamo Alexandra. Aunque tu puedes llamarme como quieras––la miro a los ojos y tras unos segundos de seriedad, ambas rieron, como si acabase de contar un chiste.––¿Tu como te llamas?––la chica de sonrisa tierna que tan bien le hacía sentir agachó la cabeza intentando que no viese que se había sonrojado, como si decirle su nombre le diese vergüenza.

––Mar...––dijo en un susurro, y la miró, esperando su reacción. Sonrio al ver que no se reía, que no bromeaba, que simplemente la miraba, con los ojos chispeantes de emoción, y es que el simple hecho de saber su nombre la hacía sentir como si hubiese recibido un millon de euros en la lotería.

––Es un nombre precioso––le contestó mientras se sumergía en sus pensamientos. Le pegaba. Aquél nombre sin duda le pegaba. Le recordaba al océano: precioso, lleno de misterios fascinantes. Ambas cosas le hacían perder la cabeza. El océano siempre le había gustado, cuando era pequeña su tío la llevaba siempre en su barco, y la habían enseñado a hacer surf. Pero también lo respetaba, sabía que podía ser peligroso, que en cualquier momento podía terminar con tu vida. Y así se sentía con ella. Le fascinaba y le encantaba, le parecía preciosa y alucinante, y hacía que su corazón se desbocase, pero sabía que solo un movimiento en falso podría alejarla para siempre, y que eso dolería demasiado.––Te pega.

Ambas se quedaron en silencio, continuando con el paseo, y al contrario de lo que le sucedía a S con la mayoría de gente, no era un silencio incomodo. Era un silencio tierno. De vez en cuando miraba a Mar de reojo, y esta apartaba la mirada rápidamente, fingiendo que no estaba mirándola ella primero, como si le diese miedo que lo supiese. En un momento determinado, se apartó el pelo negro rizado de la cara, con un gesto de la mano automático, y le pareció de nuevo el ser más bonito del mundo. No podía dejar de sonreír desde que la había visto entrar por la puerta, hasta el punto de que empezaban a adormilarsele las mejillas. Por su mente rondaban cientos de preguntas. ¿Se sentiría ella igual? ¿No le estaría pareciendo incómodo el silencio? ¿Estaría dispuesta a volver a quedar con ella? Tenía miedo de hacer un mal movimiento, se sentía como en un tablero de ajedrez, tenía que decir sus palabras con cuidado, como si fuesen sus fichas, para ganar la partida y que ella quisiese volver a verla, pero a la vez... a la vez sentía que podía decir lo que fuese, que no iba a molestarla, que podía ser ella misma al completo. Era tan confuso y contradictorio.

––¿Te gusta Smash Motuh?––Sacó el móvil y abrió la lista de música de su tarjeta SD, y deslizó el dedo por la pantalla táctil en busca de una canción.

––No he escuchado demasiado de ellos––volvió a agachar la cabeza, pero al instante se giró y se paró delante de ella, haciéndola frenar, mirándola directamente a los ojos.––Tengo una propuesta. Tu me enseñas todos los grupos que conozcas que yo no, y yo te enseño todos los que conozca pero tu no.––Sonrieron a la vez. Era el mejor trato que podía existir: asintió con la cabeza y le dio al play la canción. Mar miró el teléfono, y después juró que por un instante miró sus labios, para volver a posarse en sus ojos.––¿Como se llama esta canción?––dijo al cabo de veinte segundos, con cara de interés. Puso el pie derecho detrás del izquierdo, escondió las manos detrás de la espalda y ladeó la cabeza, mientras giraba lentamente sus caderas a un lado y al otro, impaciente. Ese fue el instante en el que se enamoró. Ese fue el instante en el que perdió el control de su corazón, y en el que supo que sus sentimientos ya no tenían vuelta atrás: se sentía feliz, nerviosa, con ganas de gritar y saltar, con ganas de abrazarla, susurrarle al oído que nunca jamás volvería a pasarle nada, y no soltarla nunca.

––Magic. Se llama Magic––estaba embobada. Ni siquiera recordaba haber abierto la boca para decirle el nombre de la canción. No podía dejar de mirarla. No podía apartar la vista de ella, y el como Mar le miraba le hacía morir de amor, le hacía sentir como si flotase entre nubes de algodón, como si todos los problemas de su vida fuesen a solucionarse solo con que ella hablase.––Eres preciosa––dijo sin pensar, y la joven que le hacía sentir tan mágica soltó una risa nerviosa mientras le daba un golpe en el hombro. Vio como se mordía el labio, pero no contestaba, y se sintió estúpida––Perdón.

––No, no pidas perdón––volvió a reír, miró a un lado y a otro, se puso de puntillas agarrándose a sus hombros y se acercó a su oído––Es solo que yo pensaba lo mismo de ti...––susurró, y el corazón de S se paró, y no volvió a latir hasta que su Ángel se separó, se giró y echo a andar.––vamos, quiero llevarte a un sitio.

––Claro, adonde quieras...

Echó a andar tras ella, y se puso rápidamente a su lado. No sabía que hacer, que decir, se había quedado completamente sin palabras. ¿Como era posible que existiese alguien tan perfecto? ¿Como alguien podía hacerle sentir así con una simple mirada o un susurro? Estaba buscando las respuestas para esas preguntas, sin fijarse en hacía donde la llevaba y en que habían dejado las carreteras y los edificios atrás, cuando se pararon. Enfocó la vista y se fijó en que estaban en una pequeña colina llena de arboles, justo en la parte más alta, y lo que se podía ver a la perfección era el sol poniéndose. Se quedó con la boca abierta, y cuando se giró para ver a su acompañante vio que ella se había sentado en la hierba y la miraba fijamente: al ver su atontamiento soltó una risotada y tiró de su pantalón para que se sentase. Se quedaron allí varios minutos en silencio, Mar mirando el sol, S mirándola a ella.

––Es el atardecer más bonito que he visto en mi vida––dijo, y la chica se giró para mirarla, y se rió.

––Pero si no lo estas mirando, llevas todo el rato mirándome a mi.

––Pues eso. El atardecer más bonito que he visto en mi vida. En ningún momento he dicho que lo sea por el sol––sonrió de forma picara, y la joven se tapó la cara con las manos mientras se echaba a reír, con las mejillas completamente rojas. Al instante S también se echó a reír y se puso igual de roja. Se sentía bien, como si la conociese de toda la vida, como si no pudiese haber secretos ente ellas, y se sentía extraña. Nunca le había pasado eso con nadie.

––Eres imbécil––le contestó cuando consiguió dejar de reír, poniéndose completamente seria mientras la miraba a los ojos, y por un instante creyó que había metido la pata, pero volvió a sonreír, se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla que provocó que un escalofrío recorriese todo su cuerpo.

Pensó en la película de Peter Pan: La gran aventura, exactamente en la escena en la que Wendy le da un beso a Peter, y se sintió así. Tenía ganas de gritar con todas sus fuerzas, y se sentía con energía suficiente para vencer piratas, mover montañas, derrotar gigantes o enfrentarse al mismísimo infierno, y sabía que si lo hacía ganaría porque nada ni nadie podía quitarle su felicidad y su fuerza de voluntad, y no podrían hacerlo nunca más. Se movió rápidamente y le devolvió el beso, y ella le dio un abrazo. Era completamente surrealista pensar que se habían conocido hacía una semana, que se habían visto dos días y que hacía apenas una hora que sabían el nombre de la otra. Era como si llevasen siendo amigas toda la vida, salvo que lo que sentían no era amistad.

––Mañana tenemos que volver, quiero que toques y cantes para mi aquí, sin gente, sin ruido. Sin la presión de tener que tocar baladas. Quiero que cantes lo que quieras––dijo Mar con la seguridad de quien sabe que le van a responder si sin pensárselo. Eso le hizo sentirse segura, a gusto. Sabía que a partir de ahora era bastante improbable que pasase un solo día sin hablar con ella, y mucho menos sin pensar en ella, y sabía que aquella chica que le había enamorado solo con existir tampoco lo haría.––y por supuesto tienes que darme tu numero.

––¿Mañana?––se miraron y sonrieron mientras cogía el móvil de su compañera y apuntaba en el su numero de teléfono––esta bien. ¿A las cuatro y media te viene bien?––Asintió, y se volvieron a quedar en silencio, sentadas una al lado del otro, mirando como el sol desaparecía por completo y las estrellas se hacían paso en el firmamento, mientras sentía que le ardía la mejilla: no podía sacarse de la cabeza aquel beso, ni podría hacerlo nunca.

viernes, 25 de julio de 2014

The game of the music.


Hola amigos patatunos. Llevo mucho sin escribir y os pido disculpas. Bueno, voy a empezar a publicar a mi blog una novela sencillita que estoy escribiendo, y con "sencillita" me refiero a que es una historia de una sola trama principal, con la que estoy practicando conversaciones, relaciones entre personajes y descripciones. Espero que os guste, os dejo el prólogo :D




Prólogo





Boulevard of Broken Dreams resonaba por todo el pasillo de la cuarta planta, tocada por un único instrumento: una guitarra acústica. Segundos después una voz tímida, al principio en un susurro, después aumentando su volumen, comenzaba a cantar los primeros versos de la canción de Green Day. Sonaba distinto, sonaba más dulce, menos dramático, con menos sentimientos, pues la persona que la cantaba no se sentía en ese momento identificada con la canción, pero una semana antes si lo había hecho. Sus dedos acariciaban las cuerdas de la guitarra por el mástil, danzaban, rápidos, sin dudar: llevaba demasiado tiempo con aquella canción saliendo de sus manos y su guitarra que era imposible que se equivocase en alguna nota. La otra mano rasgaba sin mucha fuerza pero con firmeza las cuerdas por encima de la caja, con una púa amarilla. Sus ojos marrones estaban fijos en el suelo, pues se sabía tan de memoria la posición de sus manos que no necesitaba mirar. Sus labios se movían decididos dándole forma a los sonidos que su garganta dejaba escapar, clavando a la perfección la melodía que Billie Joe Armstrong cantaba en su disco favorito. Sonaba idéntica, pero a la vez distinta. La diferencia estaba en que Billie se metía en la letra en corazón y mente, y su corazón y su mente estaban ahora muy lejos, uno encontrado y con dueña, el otro perdido en un mundo de sueños sobe el futuro. Paró en seco y miró a la guitarra como si fuese culpa suya que no se sintiese a gusto tocando aquella canción que había sido un gran apoyo para ella. ¿Que le había pasado? Era la misma, pero sin embargo, no se sentía como siempre... no se sentía capaz de tocar y cantar con sentimiento las baladas que tocaba con su grupo: quería cantar sobre el amor, gritarle al Universo que su corazón ya no le pertenecía, y que sabía que debía ser correspondida... una semana. En una semana había cambiado todo. La había visto el lunes en el parque, y ya no podía parar de pensar en la comisura de sus labios que se giraban para mostrar esa sonrisa tan tierna, en sus ojos almendrados que se habían fijado en los suyos, en su pecho subir y bajar con su respiración, en su forma de andar... ¡hasta creyó escuchar el latido de su corazón acelerarse!, pero había sido el propio el que había oído. Nunca se había sentido así. Había tenido parejas, bastantes, pero nunca se había sentido con ellas como se sentía ahora por esa desconocida. “¿Que tipo de guitarra es?” Había preguntado la joven que le había robado el corazón tras acercarse rápidamente, refiriéndose a la funda que llevaba colgada a la espalda. Se había quedado tan sobrecogida por su voz que no pudo contestar. Era un Ángel, tenía que serlo, nunca jamás había visto un ser tan bonito y perfecto. La chica la había mirado con curiosidad, y entonces se había dado cuenta de lo gilipollas que debía parecer: un poco más y se le habría caído la baba. Le había contestado que era una Rochester A6, en madera blanca. “No esta mal, pero te pegaría más algo más country. ¿Tocas en alguna banda?”. Se interesaba por ella, le había llamado la atención. Su corazón en ese instante se le había desbocado...

Salió de sus pensamientos y se dio cuenta de que su corazón volvía a ir a mil por hora. La imagen de sus labios se había clavado con fuerza en lo mas hondo de su corazón, y parecían tan suaves que se moría por besarlos al menos una vez. El timbre sonó y se dio cuenta de que llevaba al menos media hora pensando en ella, y su tiempo en el estudio de prácticas del conservatorio había acabado. Se levantó y guardó su amada guitarra, su compañera, dentro de la funda. Se la echó al hombro y salió por la puerta, sin importarle demasiado que la había dejado abierta: Max, el conserje, iba a echarle la bronca, pero no le preocupaba. Quería llegar a tiempo a La Balada Triste, el bar en el que tocaba todos los fines de semana con sus amigos: esperaba que ella apareciese, pues le había dicho que iría. No sabía su nombre, no se habían presentado. La había acompañado a casa y no se había preocupado por como se llamaba, se sentía estúpida. Se habían pasado los quince minutos del trayecto hablando de música: Green Day, Linkin Park, Atreyu, Sum 41... no importaba. Decía un grupo y a aquella muchacha que la volvía loca lo conocía y le encantaba. Era extraño, era como si hubiesen conectado incluso antes de verse. Sentía que ya la conocía, pero a la vez sabía que no era así porque no habría podido olvidarla. Cuando alzó la mirada y la apartó del suelo se percató de que ya había llegado al garito, y entró despacio. Últimamente ni siquiera saludaba a conocidos por la calle porque no se fijaba en que estaban ahí. Las caras ya no las reconocía, ya no le interesaba la gente, buscaba entre la multitud, absorta en sus pensamientos, encontrarse de nuevo esa cara de rasgos finos y piel blanquecina, esa sonrisa celestial que la hacía sentir feliz, ese pelo negro rizado que le parecía tan bonito, pero nunca la encontraba. Vivía a cuarenta y cinco minutos de su casa, en una finca enorme con una vivienda de tres plantas, era normal que no se la encontrase. No solo estaba lejos, estaba en otro mundo. Sintió una punzada en el corazón al pensar en eso. ¿Y si no le permitían que estuviese con ella? Era una cantante de un garito de la parte pobre de la ciudad, ¿y si no podía alcanzar a su Ángel?



––¡Anda mira, la desaparecida!––gritó una voz desde el escenario en cuanto puso un pie en el local. Alzó la vista y se encontró con los ojos azules de Daniel clavados en ella. Su sonrisa picara indicaba que estaba preparando ya algo con lo que meterse con ella––¿Donde te has metido, S? Llevamos sin verte desde el domingo––continuó tras bajar del escenario, acercarse a ella y pasar el brazo por encima de sus hombros.––creíamos que te habías fugado con una estrella de cine que hubieses conocido en tu entrevista del jueves.



––Que gilipollas que eres, Dani––le contestó con una risa mientras le daba un empujón para apartarlo y poder subir cómodamente por las estrechas escaleras del escenario. No, no había conocido a ninguna estrella de cine en la entrevista que la televisión local le había hecho, fruto de su reciente y atronador éxito entre la clase media y baja, pero si que tenía una estrella que le había robado todo su ser––Es solo que he estado ocupada, ¿vale?



El chico rubio asintió con firmeza y soltó una carcajada. Sabía que su amigo le conocía lo suficiente para saber la verdad con solo esas palabras: estaba enamorada, y esta vez no era un capricho pasajero. Sacó la guitarra de la funda y la abrazó antes de colgársela al cuello: era lo único que le quedaba de su madre, que había muerto dos años atrás en un incendio en la fábrica en la que trabajaba. Era una guitarra vieja, con la parte de abajo astillada y los engranajes para afinar algo oxidados, pero no pensaba cambiarla ni arreglarla: era como su vida, con muchas vivencias, con muchos recuerdos dolorosos, pero con muchas sonrisas. Se aferró a ese sentimiento de angustia que le traía el acordarse de su madre, lo iba a necesitar si quería darle una buena actuación a su público, que cada vez iba en aumento, deseoso de que aquellos jóvenes mostrasen en forma de canción sus preocupaciones, su dolor, su frustración por su situación económica. La Balada Triste no era un local muy amplio, al menos no como los del barrio alto, pero era el más grande de la zona. Tenía un escenario a medio metro del suelo en frente de la puerta, y entre medias estaba todo lleno de mesas de madera tapadas con manteles de papel blanco con bordes rojos. A la derecha desde la puerta, la izquierda desde el escenario, estaba la barra, de caoba, siempre bien encerada, aunque se notaba en los agujeros que tenía que nunca la habían renovado. Detrás de la barra, por una puerta que se abría en ambas direcciones, estaba la pequeña cocina. El sitio tenía solo cuatro trabajadores: cocinero, barman, un camarero y una camarera. Antiguamente eso había bastado, pero desde que Souls in the middle, su grupo, tocaba allí, habían requerido de poner un anuncio para buscar un par de camareros más, aunque aun nadie había respondido. El dueño del local se estaba forrando, y les había hecho el fin de semana pasado un contrato permanente con el que el grupo, que antes tocaba de gratis, ganaría el veinticinco por ciento de las consumiciones de los clientes. Se levantó y busco un cable Jag para enchufar su guitarra a la mesa de mezclas, que a la vez iba conectada a los cuatro amplificadores y a los dos altavoces de los que estaban provistos el local y el grupo. Después de un par de pruebas de sonido, ajustar los micrófonos a su altura y a la de Dani y esperar a que el local se fuese llenando, empezaron a tocar. Fueron de más alegre a más deprimente, como hacían de costumbre, liderados por su voz, a la que Daniel acompañaba en los coros: encajaban a la perfección, y lo sabían desde que se habían conocido, cuando apenas tenían cinco años y jugaban a que eran estrellas del rock. Antes de comenzar, le había pedido un favor a Dani: si aparecía la persona por la que estaba esperando, quería romper la rutina y cantar una canción de amor, y el chico no había dudado en decirle que si. Con el resto del grupo se llevaban genial, pero ellos dos eran como hermanos inseparables: él la había apoyado cuando su madre murió, y ella le había apoyado y dado un hogar cuando su padre lo había echado de casa por ser gay. Eran un dúo perfecto en música y amistad. Iban por la mitad de Stairway to Hevean cuando se quedó casi sin habla al abrirse la puerta y reconocer a la figura que entraba. Iba vestida con unos shorts vaqueros grises, una camiseta negra de The Rolling Stones cortada de tal forma que se le veía el hombro derecho, unas deportivas blancas y un gorro gris que le tapaba casi todo el pelo. Sonrió mientras cantaba. Aquella figura delgada, un poco más bajita que ella, de facciones suaves y sonrisa tierna, más que ninguna, la pusieron nerviosa de tal forma que por primera vez en mucho tiempo tuvo que mirar sus manos para controlar que no se equivocaba. Tocaron las últimas notas, y el local se quedó un segundo en silencio, después acudieron los aplausos de la muchedumbre que, de pronto, había dejado de importarle. Solo podía mirarla a ella.



––¿La de la camiseta de los Stones?––preguntó Dani en un susurro a su oreja, y ella asintió sin dudarlo. El joven se giró hacia el resto de la banda y les hizo un gesto para que se acercasen––S quiere cantar para una chica, ¿vale tíos? Así que nos salimos del modelo. I Do, de A Rcoket To The Moon. Hay que clavarla, ¿eh? Nada de meter la pata. Hoy no, es importante.––Todos asintieron y Dani volvió a su sitió y entonces habló por el micrófono––Vais a tener que perdonarnos, amigos, pero nuestra cantante tiene algo que decirle a alguien que acaba de entrar, así que vamos a salirnos un pelín del tema y dejar que le cante una canción.



La gente rió y asintió con la cabeza, entusiasmados, la verdad, por escucharles tocar algo distinto, y tras ello, los instrumentos empezaron a hacer sonar aquella canción, y ella, absorta en los ojos de su Ángel, empezó a cantar aquella dulce canción que describía, o mejor dicho, sabía que describiría en cuanto volviese a hablar con ella, sus sentimientos. La chica por la que cantaba no apartó sus ojos de los de ella, con una sonrisa en los labios, sonrojándose por momentos, y cuando terminaron, se bajó del escenario para acercarse a ella.

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Un saludo, patatas.

sábado, 19 de abril de 2014

Microrrelato depresivo(?)

<<Bajas la cabeza y miras tus venas. ¿Lo oyes? ¿Puedes sentirlo? Es tu sangre recorriendo tu cuerpo, con fuerza, con ansias, con ganas de salir. Notas cada latido, cada odioso y palpitante latido. No sale de tu cabeza. Miras atentamente tu muñeca, ¿Que se sentía al cortase? No puedes dejar de pensarlo, tu mente ya lo ha borrado de sus recuerdos. ¿Y si...? No, no. Esta mal y lo sabes, no debes ni pensarlo. Sacudes la cabeza e intentas centrarte en otra cosa, pero vuelve a tu pensamiento una y otra vez. Es un desfile de malas ideas, de malos recuerdos, que te hacen enfurecer, te hacen sentir mal. Pero esta vez no, esta vez hay motivos para no hacerlo, ¿o no? Esta vez eres más fuerte... esta vez es diferente... o eso te repites. Pero no sale de tu cabeza. Miras las tijeras de la mesa... y apartas la vista rápidamente. No. Hoy no. Hoy toca sonreír. Toca dejar el pasado atrás y ser tu mismo.>>

viernes, 21 de febrero de 2014

Pequeño relato.

Peter Pan respiraba sin pensar, y Wendy solo pensaba en respirar, tal vez por eso eran una pareja perfecta. Wendy soñaba con él sin querer, y el solo quería soñar con ella. Wendy sonreía sin proponerselo, y Peter Pan sonreía con el único propósito de hacerla feliz. Claro que no eran el Peter Pan y la Wendy del cuento, pero sus almas si, y se habían reencontrado después de tantos años. El alma de Wendy había vagado por el mundo ne busca del lugar y el momento preciso en el que volver a nacer, y el alma de Peter no era entera el alma de Peter, pues Peter Pan no crece, no muere y no puede reencarnarse, pero una mitad había muerto cuando Wendy había crecido, y solo había muerto para ir en su busqueda, y ahora que se habían encontrad, volvía a ser el alma entera de Peter Pan. Ambos esperaban con ansia que Campanilla o cualquier otro hada les encontrase, para que les llevase volando a Nunca Jamas y poder vivir allí eternamente, aunque, esta vez, Peter estaba dispuesto a crecer con Wendy: lo veía como la aventura más increíble y fascinante del universo. La más divertida. Con cada beso, cada caricia, cada mirada y cada abrazo le parecía más fascinante la idea, y le gustaba más. Solo crecería si es con ella, aunque sus almas siempre seguirían siendo las de unos niños, y siempre se buscarían en el paso del tiempo para poder vivir todo juntos. Da igual si como chico y chica, chica y chica, chico y chico. Siempre se buscarían y se encontrarían: era el destino. Peter Pan pensaba en ella a cada segundo, y Wendy adoraba cada segundo por poder pensar en Peter. Era perfecto. Era armonía. Era como si de verdad todas las estrellas se hubiesen alineado para que por fin, 18 años de Peter y 17 años de Wendy, fuesen plenamente felices. Muchos no creéis en el destino, y antes de darse cuenta de quienes eran, al conocerse, ellas tampoco lo creían, pero las cosas pasan, los pensamientos y las ideas cambian, pero los sentimientos verdaderos no, y por eso sus almas se habían podido reencontrar. 


No es muy largo, y no se, se me ocurrió esta mañana. Ayer estaba hablando con Guille, el estaba en el metro de Barcelona, y se le acabó la batería, y nada más alzar la vista se topó con un cartel en catalán de la Federación española de Fibrosis Quistica, y lo primero que hizo fue pensar en nosotras. En el cartel salía un niño, y una frase: ''Tu respiras sin pensar, yo solo pienso en respirar'', y entonces apuntó mentalmente la frase adaptada y me la dijo después: "Peter Pan respiraba sin pensar, y Wendy solo pensaba en respirar, tal vez por eso eran una pareja perfecta. " Una frase preciosa, ajustada y perfecta, y bueno, esta mañana, recordándola con cariño, se me ocurrió esto, así que lo escribí.

Que nada nunca o impida realizar vuestros sueños, nunca os rindáis, y nunca ceséis en querer a quienes quereis por muchos problemas que haya, os necesitan. ¡Un saludo, patatas!

lunes, 17 de febrero de 2014

¿Que habría pasado si...?

Bueno, hoy estoy con migraña así que como de costumbre me he puesto a replantearme mi vida y lo que siento por todo el mundo, y me ha dado por pensar en que habría sido de mi si cierta persona no hubiese sobrevivido a cierta cosa que hizo, y he escrito un pequeño relato:

        <<<<<—Que no joder, que me dejes en paz de una vez—dijo apartando con fuerza el brazo de su amigo que le ofrecía el mando de la consola. Habían quedado tres horas antes para comer pizza y ver la televisión, pero como de costumbre sus cuatro amigos le habían cogido la Xbox y llevaban todo el rato ignorándole, hasta ahora, que Max se había ido para recoger a su novia y les faltaba un jugador.

      —Coño, hazlo por nosotros, solo una partida, ¿vale? ¿Qué te cuesta? Si la Game Boy te encantaba cuando eras un puto crío. ¿Cuándo te has vuelto tan soso y borde? No hay quien te soporte—Le dijo San, que era el que le ofrecía jugar, con un tono cansado propio de aquellos que han visto como uno de sus mejores amigos cambia completamente en cuestión de años para ser alguien horrible.

      —No me gustan los videojuegos—contestó levantándose y cogiendo la chaqueta: no soportaba ni un segundo más allí dentro, y eso que era su piso—es una forma absurda de perder el poco tiempo que tenemos de vida.

      —Es una buena forma de olvidar los problemas y entretenerse, tío. Desde el accidente no se en quien te has convertido. Tu hasta te ganabas la vida con esto, subiendo gameplays a Youtube. ¿Dónde se ha quedado la chica friki que conocíamos?

      Se quedó en silencio, observándoles, mientras por la mente se le pasaban los recuerdos: Saltó desde aquel puente. Se había tirado meses planteándoselo, pero nunca había tenido valor para hacerlo. ¿Qué había cambiado, entonces, aquel 25 de diciembre en el que se suponía que debía estar contento porque le habían regalado la guitarra de sus sueños? Era sencillo entenderlo: ella. Una mujer. Siempre era por una mujer. No la conocía directamente, solo había oído hablar de ella a su mejor amigo, a aquel que consideraba su verdadero hermano aunque no compartiesen sangre. Aquel que había saltado antes que ella al frío vacío de la muerte, a la nada, al olvido, aunque ella jamás iba a olvidarle. Era prima de su mejor amigo, y le había traicionado. Él había estado enamorado de ella, y ella había jugado con sus sentimientos. Había sucedido en verano. Ella tenía a su novia, y él estaba por su prima, y hablaban a diario. Había sido el mejor verano de su historia, aunque la peor relación amorosa de su vida. Las dos habían sido unas putas, nada más que alegar, y nadie que oyese la historia les habría llevado la contraria. Su novia había jugado con ella como le había dado la gana, y le había hecho perder la esperanza en la vida y el amor, y a él le había pasado lo mismo, pero se tenían el uno al otro. Se contaban los problemas y se aconsejaban, incluso cuando los dos querían morirse animaban al otro. Eso era amistad. Eso era por lo que valía la pena vivir. Pero él lo había hecho, se había despedido y había saltado, y ella no había podido soportarlo. Lo intentó durante cuatro meses, con todas sus fuerzas. Pero se sentía sola, vacía. Nadie la comprendía. Ni siquiera era capaz de entrar en clase porque para ella su futuro era vivir con él en un piso cuando fuesen a la Uni y ser escritores juntos. Siempre tenía ganas de llorar ahora, siempre, y ni siquiera era capaz de escribir un par de líneas. Así que ese puñetero 25 de diciembre decidió saltar del puente. Y no había servido de nada, joder, ¡de nada! Había sobrevivido, y las máximas secuelas que tenía ahora eran las rojizas cicatrices de su espalda del planchazo que se había dado contra el maldito agua del río, pero estaba harta. Había vuelto a intentarlo, por ellos cuatro, por sus amigos, que también habían sido amigos de él, pero no hermanos, así que no lo entendían.

      Se dio la vuelta sin decir nada y salió al pasillo, cerrando de un portazo: iba a seguir sus pasos. Le daba tanta pereza todo que cogió el ascensor y pulso el numero 13, que era el numero de la azotea hasta la que llegaba el edificio. Tardó cinco segundos, cinco largos segundos. “No debería hacerlo, joder. No es justo. Todos se sentirán como me sentía yo. ¿Voy a condenarlos a todos a una muerte en vida? Pero tampoco es justo por mí, coño. No siento nada, absolutamente nada. Es horrible, es un vacio en mi interior. No sonrío, no como, no duermo. Ni siquiera pienso en chicas, nada me gusta. Escribir solo sirve para desgarrarme un alma más, pero era mi pasión. Es lo mejor. Debo hacerlo. Así ya nadie cargara más conmigo. Total, dudo que haya nadie para mi en esta vida.” Tras esos pensamientos se encontraba ya de pie sobre el bordillo. Abajo, en la calle, los coches circulaban a gran velocidad, o eso le parecía a ella. El tiempo se paró en aquel día y no volvió a correr nunca, ni lo volvería a hacer. Se quitó la chaqueta de U2 que le habían comprado semanas atrás para intentar animarla, pues era demasiado bonita como para mancharla con su sangre, y tras dejarla en el suelo ni siquiera espero. Dio un salto, y a pesar de que era lo que todo el mundo decía, ella no vio su vida pasar por delante, no pensó en nada ni en nadie, solo en que por dios hubiese algo al otro lado donde pudiese reunirse con él, y donde poder empezar de 0, y luchar de verdad por su felicidad. No sintió nada cuando llego al suelo y chocó contra el asfalto, nada más que un dolor agudo que duro un segundo, el segundo en que tardo su cabeza en aplastarse. Y nadie volvió a saber nada de ella, y ella no volvió a saber nada de nadie. Y jamás nunca volvió a sufrir, ni a sentir, ni a dormir, comer, soñar, respirar. No volvió a hacer nada. O al menos que ella recordase, pues la muerte es eso. Muerte. Dejar de vivir, dejar de hacer las cosas que se hacen cuando uno esta vivo.>>>>>

Pues eso es. La reflexión a la que he llegado hoy es que definitivamente el destino debe existir, porque nada de eso paso, y yo he conocido a la chica más perfecta del Universo, y él va remontando poco a poco. También porque tengo un perro precioso y adorable, que había muerto de no adoptarlo yo. También porque ni mis padres, ni los suyos, ni nadie de nuestro alrededor se merece eso. Pero a la vez he llegado a la conclusión de que la vida es una puta mierda, y hace que las cosas buenas les lleguen tarde a las personas buenas, haciéndolas sufrir lo inimaginable, y que las cosas malas les pasen tarde o no les pasen a las personas malas. Y eso es todo por hoy, de momento. Tal vez escriba algo luego. 

Bueno, ¿no os habéis planteado nunca los típicos ''¿que habría pasado si...''? Yo si, a diario. Pero bueno. Y eso es todo por hoy, de momento. Tal vez escriba algo luego. 

¡Un saludo, patatas!